lunes, 22 de octubre de 2012

Barack Obama y la política del caos


El tercer debate presidencial entre Mitt Romney y Barack Obama tendrá como eje principal la política exterior.
La prensa, en su mayoría, alineada con el actual mandatario, sugiere que este es el punto fuerte de Obama por dos cuestiones que consideran fundamentales. La primera es la muerte del terrorista Osama bin Laden y la segunda es la supuesta falta de experiencia de Romney en asuntos de política exterior.
A simple vista, estas consideraciones parecen válidas, pero como todo lo que concierne al país más poderoso de la tierra, lo que realmente importa es el resultado de las acciones políticas llevadas a cabo.
Pretender que la muerte del miembro más importante de un grupo terrorista acaba con el problema en un mundo infectado de grupos fundamentalistas armados raya en lo ingenuo, o bien, nos demuestra que la política exterior de la actual administración no tiene demasiadas buenas noticias que exhibir.
La realidad del mundo nunca ha sido sencilla, pero en la actualidad es realmente caótica. La seguidilla de errores del presidente Obama respecto a Asia, Latinoamérica, Medio Oriente y Europa han debilitado el rol de Estados Unidos dentro del panorama internacional – con todo lo que esto implica.
En el año 2009, Barack Obama permaneció inmutable frente al “Despertar Persa” en Irán, cuando se produjeron revueltas debido a las fraudulentas elecciones que llevaron al poder a Mahmud Ahmadineyad. Hoy, Irán es uno de los ejes sobre el que giran países que amenazan las libertades y los sistemas democráticos.
En el año 2011 la llamada “Primavera Árabe” llega a Egipto. El resultado ha sido el establecimiento de un nuevo gobierno hoy en manos de la Hermandad Musulmana, socia cercana de la red al-Qaeda. Acto seguido, Obama no tardó en respaldar a los nuevos líderes con un llamado telefónico y con promesas de condonar la deuda egipcia.
Dentro del mismo fenómeno de revueltas en países árabes, el turno de Libia no tardó en llegar. El proceder de Estados Unidos fue catastrófico. Primero asistimos al titubeo ante cuáles serían los pasos a seguir y luego vino la decisión del presidente Obama de llevar a cabo un ataque militar en el país norafricano sin consultar al Congreso de Estados Unidos.
Con respecto a Siria, Obama ha tenido varias posiciones.  En un principio llamó “reformador” al presidente sirio Bashar Assad. Ante la llegada de sangrientas manifestaciones cambió de opinión y exigió a Assad “dar un paso a un lado” y poner fin a “su campaña de asesinatos y crímenes contra su propio pueblo”. Como esto no sucedió, pidió a la ONU que medie en el conflicto mediante el uso de la diplomacia. Ante un nuevo fallo, el presidente amenazó con intervenir para finalmente dar marcha atrás, una vez más.
El 11 de septiembre de este año, las inconsistentes políticas de Obama obtuvieron respuesta. Ante el grito de “somos todos Osama” las embajadas americanas en Egipto, Yemen y Libia fueron atacadas. Cuatro miembros del cuerpo diplomático americano en Libia murieron víctimas de los brutales ataques, entre ellos el embajador americano en Bengasi, Libia.
Ante esta situación la administración Obama le echó toda la culpa a un video que circulaba por YouTube indicando que eso insultaba a la religión musulmana. Este estado de negación tiene una explicación sencilla, se trató de ocultar que al-Qaeda no había sido derrotada con la muerte de Bin Laden y que, a diferencia del debilitamiento que la red terrorista sufrió hace cuatro años atrás, hoy nos encontramos con una red en auge.
Mientras tanto, un micrófono abierto captó las palabras de Obama prometiendo a Medvedev “que luego de las elecciones tendrá más flexibilidad” con el país ruso. De esta manera, desestimaba que los gobiernos de Siria, China, Irán y Rusia planean alianzas estratégicas para “contrarrestar a Estados Unidos” y que sus ejércitos ya están en pleno entrenamiento. Putin, que pretende ser el nuevo zar, no sólo de su país sino del mundo entero, también mantiene conversaciones con un Ahmadineyad deseoso de tener armas nucleares.
El peligro inminente que este panorama refleja es alimentado por la relación China-Estados Unidos. El robo de patentes por parte del país asiático no sólo contribuye al debilitamiento de la economía americana y al fortalecimiento de la tiranía norcoreana, sino que es usado para entrar en los sistemas del gobierno americano y atenta contra su propia seguridad.
Con respecto a Latinoamérica, el legado de Obama es la inacción total ante un continente que se ha convertido en otra de las grandes amenazas latentes. Mientras el “socialismo bolivariano” liderado por Cuba y Venezuela se extiende, dando cobijo a carteles del narcotráfico, se libra una guerra sangrienta en México entre el gobierno y los grandes carteles de la droga. La única respuesta de la administración Obama ante el conflicto mexicano fue la Operación Rápido y Furioso, que consistía en proveer armas a los narcotraficantes con el supuesto fin de seguirles la pista. Esta escandalosa estrategia terminó con inocentes de ambos países muertos y lo sucedido fue totalmente ignorado por el gobierno demócrata.
Las relaciones con Israel están en su peor momento. Ante las amenazas nucleares de Ahmadineyad y sus alianzas estrategias con China, Rusia, Corea del Norte y Venezuela, el presidente Obama ha rechazado una reunión con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Su explicación fue que su agenda estaba ya llena debido a la campaña presidencial. Sin embargo, el mismo día aceptaba una entrevista en un show cómico de televisión.
Ante este caos evidente, Mitt Romney propone un completo plan que prioriza las relaciones con los países democráticos y aliados de Estados Unidos. Este plan no sólo contempla alianzas económicas sino también políticas y estratégicas, que permitan un fortalecimiento de las democracias y un freno a los enemigos de los sistemas libres.
En su gira por Europa, el republicano pasó por Polonia. Este fue uno de los mensajes más significativos de Mitt Romney, ya que la alianza de Europa del Este con el mundo libre es uno de los frenos más contundentes que enfrentará Vladimir Putin, que, dicho sea de paso, acaba de proclamar su apoyo por el candidato demócrata.
El republicano además visitó el Reino Unido, dejando en claro que pretende reforzar los lazos rotos por la actual administración. No olvidemos que Obama ha declarado que “es Francia, y no Gran Bretaña, la aliada más importante de Estados Unidos”, desestimando así la Relación Especial con el gran país del norte – nuestro aliado histórico.
La postura de Romney en Medio Oriente se basa en no tener compasión con los tiranos y en estrechar las relaciones con Israel para detener el avance nuclear iraní, logrando así debilitar al eslabón principal que une al eje que hoy amenaza al mundo.
Con respecto a China, Romney promete frenar el robo de tecnología y presionar para que el país asiático deje de manipular su moneda. También manifiesta que llevará a cabo alianzas conjuntas en un contexto donde los derechos humanos de los chinos sean respetados y así dar comienzo a la democratización del gigante asiático.
La grave situación mexicana será encarada con el trabajo conjunto de las fuerzas de seguridad de ambos países siguiendo las exitosas políticas que terminaron con el caos del narcotráfico en Colombia.
Romney reconoce en su plan el peligro de la alianza bolivariana chavista-castrista y anuncia que establecerá lazos fuertes con países democráticos, fortaleciendo la seguridad de los mismos y dándoles el apoyo necesario para frenar el avance del dañino socialismo.
Las diferencias entre ambos candidatos son claras. Tienen posiciones antagónicas en muchos frentes. Mientras Obama felicita a Chávez por el resultado de las dudosas elecciones, Romney declara al venezolano como un peligro para la región. No queda duda de que el destino del mundo y el liderazgo de Estados Unidos se definirán el próximo 6 de noviembre.
En caso de ganar nuevamente, no sabemos de los planes de Obama ya que no ha dicho mucho a respecto. Sólo basta con revisar su página web de campaña y verá que no hay siquiera un plan concreto de gobierno. Esto nos deja en claro que su plan es seguir haciendo lo mismo que lo que ha hecho durante los últimos cuatro años.
Esta vez, sin embargo, no encontrará un mundo encaminado, sino que chocará contra su propio legado, un planeta en caos.
Esta vez, ya no habrá un Bin Laden acorralado, sino que se encontrará a sus herederos, quienes le seguirán gritando “todos somos Osama” y seguirán atacando todo lo que huela a Estados Unidos. Después de todo, es su objetivo final: la destrucción total de Estados Unidos de América y su virtuoso sistema que es nuestro seguro de libertad.
Virginia Tuckey para Fundación Heritage (www.libertad.org

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