domingo, 23 de agosto de 2015

La reina y sus truhanes

Ayer, de casualidad, andaba por la zona del Museo Nacional de Bellas Artes. No sabía que pasaba cuando de lejos vi algunas personas amontonadas tras un vallado custodiado por muchos policías.  Sólo me bastó con revisar Twitter para enterarme que Cristina Kirchner y algunos de sus funcionarios estaban en el MNBA inaugurando salas nuevas.

Las inauguraciones pomposas del ensanchamiento de una sala, el abuso de la cadena nacional, los aplausos insólitos y el discurso del desparpajo no son motivo de sorpresa en esta Argentina desolada por la prepotencia de los sinvergüenzas y la incompetencia de una ciudadanía perdida en el relativismo moral. Esto lo vemos a diario, indigna, pero no es motivo de asombro.

Sin embargo, esta vez pude, por segunda vez, verlo desde adentro. Todo lo que parecía parte de la cotidianidad, dejó de serlo. No escuché el discurso, estuve entre ellos, entre quienes no escuchan, entre quienes sostienen banderas y entonan eufóricos, una y otra vez, mensajes cobardes de venganza. Esta vez, escuché de qué hablan y pude ver los detalles de ese contexto dantesco y pantanoso.

La Cámpora, en una esquina, apartados de todos, amontonados entre ellos, escondidos tras banderas que acompañan con la entonación de cánticos de barrabravas. El mensaje que tararean es una clara amenaza a quienes se resisten a integrar las filas de los bufones de la reina. La Cámpora es un club de fans de Recalde, Kiciloff y de los puestos públicos que pudieran conseguir según su capacidad de servilismo.

Entran a los actos oficiales, pero a oficiar de plebe. Tienen visibilidad, pero no sus rostros, sino sus banderas, diseñadas para dar la justa impresión de masa, de entes sin espíritu. Se codean con los altos dirigentes del partido, sólo cuando ellos se acercan al vallado a estirarles la mano o asoman a los balcones a usarlos de relleno para engañar a la audiencia. No tienen ideas propias, son el desagüe del discurso oficial, del relato, de la bajada de línea.  Son, por gusto propio, los marginales del kirchnerismo.

En otro orden, se encuentran aquellos que fueron tocados por la varita mágica del empleo público jerárquico. Aquellos que tienen acceso a los mejores lugares en el aplaudómetro oficial. Los que se pavonean por los pasillos del Congreso y la Casa Rosada imaginando ser herederos de una fortuna, imaginándose dueños de todo, imaginándose portadores de apellidos (frase muy común entre este círculo), actuando como ellos creen que actuaría un rico, haciendo carne sus acusaciones infundadas y sus frustraciones.

Son los hijos de, los hermanos de, los parientes de. Imberbes, soberbios y corruptos; ajustan un gesto de superación frente a la multitud, exaltan eufóricamente –para que se note- y en voz alta su dominio del escenario, su compinchaje y confianza con los jefes de la manada. Entre abrazos, risotadas y enfundados en sobrecargados atuendos que evidencian la línea que une la ética de la estética, reflejan hacia abajo el esplendor del dinero arrebatado y de líderes alimentados con la adulación. Desde abajo, responden positivamente. Seres humanos que eligen sus líderes para vengarse de esos enemigos imaginarios inventados por el credo populista; adulan, imitan y se arrodillan ante estos personajes mesiánicos e inmorales.

Todos estos personajes son la base, los pilares de los líderes del partido. Sin embargo, esos líderes, no surgen de los fanáticos, surgen del pensamiento medio de la sociedad. Kiciloff, es el más claro ejemplo de esto. Cualquiera que haya ido a la universidad, tanto pública como privada, ha sido testigo de aquellos considerados “los inteligentes”.

La inteligencia, con los parámetros de medida del pensamiento medio argentino, está mesurada de la misma manera que se miden las posturas morales y éticas, entre grises, sin definiciones claras, que parezca algo que no es, que no se note. Los inteligentes son aquellos que ponen todo el intelecto para justificar lo injustificable, son aquellos que exponen sus conocimientos sin olvidar jamás el condimento de la viveza criolla y la avivada. ¿Se imaginan como hubiera sido asistir a la cátedra de Kiciloff, pedir la palabra y exponer los principios éticos liberales como las bases fundamentales de la aniquilación de la pobreza? ¿Cuál hubiera sido la reacción? No la reacción de los marxistas, no de los fanáticos, sino de los moderados. La reacción siempre ha sido la admiración al charlatán que mejor modula y la condena social a quién deja en evidencia al charlatán.

Hoy, los charlatanes gobiernan. Llevan una vida que jamás imaginaron llevar. Se creen estrellas de la farándula. Bajan las escalinatas, caminan en alfombras, se acercan a su público, se sacan fotos con ellos, les pasan la mano, se suben a autos de lujos, degustan manjares, descansan en playas exóticas. Todo esto se debita coercitivamente de la cuenta de esa clase media que por años moderó el discurso de los valores, que enseñó a sus hijos la palabra “yanquilandia” y la frase “el Che murió por sus ideales”, creando la imagen del valor positivo en la figura del asesino, y la imagen de país con filosofía de plástico sobre el lugar que fue cuna de la libertad y del sistema político y filosófico más avanzado que la humanidad ha conocido.  La misma clase media que se ha encargado de ridiculizar las voces de quienes enfrentaban a los charlatanes que hoy los esquilman.

La reina y sus truhanes están cómodos en el poder. Lo tienen todo. Ellos están en la cima. Tienen poder, mucho poder, pero quieren más. Nunca estuvieron mejor. No hay más pobres…entre ellos. Los otros pobres, no los ven, son de imposible visibilidad desde la altura de aviones y helicópteros. Están cómodos por lo que les sobra, por la tropa que los rodea, pero sobre todo, porque comprenden que los valores que han hecho grande a la Argentina, los valores que a ellos los llevarían a tribunales y no al sillón de Rivadavia, son ignorados, denostados y relativizados por una sociedad éticamente desorientada, con miedo a pensar, y lo peor de todo, con miedo a la libertad.

Virginia Tuckey.-


jueves, 6 de agosto de 2015

La Mesa de Enlace no es el enemigo

La Mesa de Enlace actual (CRA, Coninagro y Sociedad Rural Argentina) convocó el 17 de julio pasado a una jornada de protestas del sector agropecuario. La fecha elegida era  conmemorativa de aquel 17 de julio de 2008, cuando Julio Cobos dio su voto “no positivo”, frenando así la ley 125.

Las protestas que se desarrollaron en distintos puntos del país intentaron sacar a la superficie la terrible situación que sufre el sector agropecuario en Argentina. Estas jornadas se vieron extendidas en el tiempo, y hoy siguen surgiendo focos, sobre todo en las provincias norteñas, dónde por una cuestión de geografía, clima y demás características, se han visto mucho más afectadas en su economía que el resto del país.

En el desarrollo de estas convocatorias se han ido sucediendo situaciones de desentendimientos propias de cualquier grupo humano que discute temas de trascendencia. Esto no sería nada fuera de lo común, si no fuera porque ciertos patrones fueron coincidiendo en los distintos lugares, no sólo en el accionar, sino en el discurso.

Teniendo en cuenta el contexto, y con esto me refiero al enfrentamiento declarado de los Kirchner hacia el campo y lo que han hecho para “verlo de rodillas” (como declarara lleno de regocijo Néstor Kirchner), es pertinente sospechar que entre aquellos productores con buena fe e intenciones, podemos encontrar algunos que movidos por otros intereses, estuvieran tratando de lograr posiciones de poder corrompiendo el espíritu genuino de la Mesa de Enlace y el reclamo válido y urgente de miles de productores.

Entre estas situaciones llamativas, se pudo observar la inflexibilidad frente al planteo de no cortar las rutas el día 17 de julio, como también la constante perorata de algunas ruidosas opiniones que, por lo reiterativas y bien armadas, parecían contundentes y llenas de convencimiento.

A lo largo de este casi mes entero de asambleas, movilizaciones, reclamos e incluso algunos cortes momentáneos de rutas, se han visto sectores de Federación Agraria presentarse en las protestas, llamándose a sí mismos opositores a la dirigencia nacional de su entidad. Los mismos, lo único que han hecho fue tratar de imponer su voluntad, desarmar y dividir las protestas, las cuáles se venían desarrollando de manera pacífica y con debates que siempre han estado a la altura del reclamo.

También, dentro de los grupos que fueron surgiendo luego de la protesta nacional convocada por la Mesa de Enlace el 17 de julio pasado, se instaló un discurso de algunos pocos, que dentro de los pedidos de federalismo, eliminación de retenciones y ROEs, y otras cuestiones de carácter vital para el agro, incluían un fuerte discurso contra las entidades de la Mesa de Enlace, dando a entender que no apoyaban la protesta, traicionaban e intentaban boicotear el sentido de la misma.

Los días a la vera de la ruta, la cantidad de información que va y viene, y una cultura de la desconfianza, instaló la duda en algunos, aunque la evidencia y la cronología de los hechos contradijera totalmente lo expuesto por estos sujetos mal informados o, quién sabe, con malas intenciones.

El discurso del Presidente de Sociedad Rural Argentina en la inauguración de la 129º exposición ganadera dejó claro que las entidades que conforman la Mesa de Enlace, no sólo han apoyado al campo todo el tiempo, sino que han actuado con precaución e inteligencia ante las problemáticas que atraviesa el sector, y todo esto, sin dejar de actuar.

Las bases, deben tener la cabeza más fría que nunca. La guerra contra el campo sigue en pie, con mejores estrategias, con enfrentamientos que ya no se dan sólo desde algún balcón de la Casa Rosada, sino también dentro del corazón mismo del campo.

Los reclamos sin líderes propiamente capacitados, sin estructura y sin comunicadores, son reclamos vacíos, torpes y que conllevan mucho más esfuerzo y desgaste.

El campo tiene estructura, tiene excelentes representantes con valores en común que coinciden entre ellos con la ética republicana del reclamo que elevan.

El campo, también, tiene enemigos. Son aquellos que quieren dar a entender que la vociferación de supuestos objetivos comunes son reflejos de bases éticas idénticas. Nada de esto es cierto si el reclamo llama a las bases a romper sus estructuras, las mismas que otorgan fortaleza al reclamo. Nada de esto es cierto si quienes apuntan el dedo contra dirigentes de las entidades del agro que conforman la Mesa de Enlace, no alzan la voz contra la entidad traidora que hoy abraza a quienes quieren poner de cuclillas al productor.

No debe reinar la desconfianza, sólo la perspicacia que haga posible que lo urgente no atente contra lo primordial y que los aliados no sean confundidos con enemigos.

El campo puede hacerlo, el campo tiene un reclamo legítimo de libertad, productividad y federalismo. Que quede claro, no van a matar al campo, si el campo no se mata a sí mismo.

Virginia Tuckey.-