miércoles, 11 de mayo de 2011

Obama: El amigo de los enemigos


El día 1º de mayo el mundo se enteraba de la muerte del terrorista Osama Bin Laden. El presidente y Comandante en Jefe de los Estados Unidos de América, Barack H. Obama, anunció la novedad a las 11.35pm (hora de Washington D.C.) ese mismo día.

En este mensaje, reconoció el esfuerzo de los soldados, de los servicios de inteligencia y por supuesto, remarcó enfáticamente (y de una manera un poco infantil) que fue “bajo su dirección” que esta operación fue posible, y quién “determinó” la estocada final fue él.

Evidentemente, el señor presidente está muy preocupado en que la gente recuerde quién es el Comandante en Jefe; ¿acaso nadie lo sabe? Pues sí, lo sabe todo el mundo. Entonces, ¿por qué el presidente Obama, necesita recalcar varias veces lo evidente? ¿Será para demostrar que sus contradicciones con respecto a la guerra en Medio Oriente resultaron efectivas? ¿Para borrar aquel episodio dónde uno de los más respetado generales del ejército norteamericano, el General McCrystal, lo trató de inepto y confundido con respecto a los temas bélicos que se estaban llevando a cabo? ¿O simplemente es esta una buena manera de empezar la campaña para la presidencia de 2012? Veamos.

La necesidad del presidente norteamericano de convencer al mundo de su capacidad de líder no es casualidad. Sólo basta revisar sus declaraciones y posturas tambaleantes con respecto a la estrategia de la administración Bush para enfrentar al terrorismo fundamentalista islámico.

Barack Obama llega al poder prometiendo al pueblo americano “esperanza” y “cambio”. Con estas dos palabras encasilló su campaña, para dar a entender que la política llevada a cabo por la administración Bush cambiaría radicalmente bajo su mandato. Entre estos cambios se hacía referencia a la guerra del Medio Oriente, a Guantánamo, y a la postura de EEUU ante nuevas posibilidades de entrar en una guerra, entre otras cosas.

En su corta etapa como senador, se opuso rotundamente a la guerra en Irak, la creyó inmoral, y no consideró a Saddam Hussein una amenaza. De hecho, una vez en la presidencia, especuló con la idea de levantar cargos penales contra la administración Bush por este mismo tema.

La liviandad con la que Obama acusaba a sus adversarios políticos, ha demostrado su incapacidad de entender al verdadero enemigo de los Estados Unidos. El, como gran parte de los medios, hicieron gran esfuerzo para mostrar al mundo un Bush asesino y un Saddam Hussein inocente.

El actual presidente ignoró la realidad de la pelea que se estaba dando en Irak. Esta era muy diferente a lo que él y sus medios amigos dieron a conocer. Las fuerzas americanas no pelearon solas, sino que tuvieron como aliados los que en principio peleaban en el bando enemigo. Estos eran miles de civiles iraquíes, que se congregaron en diferentes grupos y pelearon junto a las fuerzas americanas. Incluso, en la entrada final a la ciudad de Bagdad, las fuerzas armadas iraquíes desestimaron las órdenes de Hussein y dejaron pasar a las fuerzas americanas y sus aliados. Saddam Hussein cayó, y el pueblo iraquí festejó. El mundo entero siguió estos acontecimientos por televisión, mientras los iraquíes festejaban su nueva esperanza de libertad. Sin embargo, el futuro presidente, y entonces senador, no estuvo de acuerdo con la idea de eliminar al dictador que financiaba el reclutamiento de suicidas para la red terrorista Al Qaeda, y que tiempo atrás había aniquilado a su propio pueblo con armas químicas.

Este mandatario, que hoy se congratula por la caída de Bin Laden, se opuso a la intervención militar que se llevó consigo a un feroz y maligno dictador; que democratizó a un país sumido en la más atroz de las dictaduras, y que además, permitió capturar a
al-Zarqawi quién junto con Bin Laden y en el mismo grado de importancia, estaba entre los terroristas más buscados.

Obama, además, entró en la línea de aquellos que –de manera disimulada- justifican el terrorismo, argumentando que es una respuesta a las intervenciones militares de los Estados Unidos. Nada más lejos de la realidad que estas manifestaciones. Sólo vale recordar las veces que el demócrata Bill Clinton, siendo presidente, pudo detener a Bin Laden y no lo hizo. El marido de la actual Secretaria de Estado, Hillary Clinton, desestimó cada uno de los mensajes que los servicios de inteligencia de su país le enviaban. Solo necesitaban su orden para poder apresar a Bin Laden y sus secuaces (entre ellos dos de los que se inmolarían luego en las Torres Gemelas), y no lo hizo. A pesar de este guiño “pacifista” a los terroristas, ellos no se detuvieron, y mataron a 3000 inocentes el 11 de septiembre del 2001, además de otros miles alrededor del mundo.

Entre los dislates del hawaiano, podemos recordar también cuando prometió cerrar Guantánamo. Esta promesa surgió como una buena manera de conseguir electores, ya que fue muy polémica la utilización del método “waterboarding” para obtener información de los terroristas que amenazaban y amenazan la seguridad del mundo entero. Obama, entonces, se comprometió a cerrar la Base Naval. En enero de 2009 cumplió su promesa, y con bombos y platillos firmó el cierre de Guantánamo, prometiendo que métodos como “waterboarding” no se utilizarían más. Dos años después, y sin pedir disculpas, firmaba la reapertura de Guantánamo. Dos años después, no usó el “waterboarding” con Osama, sino que ordenó que le peguen un tiro en la cabeza.

Como podemos ver, con sus discursos, Barack Hussein nos quiso hacer creer que el mundo era un paraíso amenazado por la desafortunada administración Bush. Esta estrategia conquistó las urnas, y el hawaiano llegó así a La Casa Blanca. Sus disparates pronto lo dejarían en evidencia, y cada una de sus promesas se convertirían en rectificaciones constantes.

Quiso investigar a la CIA, enjuiciar a Bush y su equipo; intentó cerrar Guantánamo y llevar a los terroristas a tribunales comunes; convenció que en su administración EEUU no entraría a ninguna guerra tan fácilmente y sin previa aprobación del Congreso. Este pomposo discurso progresista le valió el premio Nobel de la Paz. Sin embargo, a sus electores, les valió el papelón de haber sido tan ingenuos. Hoy en día, los récords de Obama muestran que tuvo que agradecer a la CIA por el trabajo de inteligencia llevado a cabo en la operación Gerónimo (captura de Bin Laden), la cuál no podría haber sido posible sin la información obtenida en Guantánamo de los prisioneros que fueron sometidos a los métodos de interrogación “waterboarding”; por no contar la guerra que inició en Lybia sin pedir autorización alguna al Congreso.

¿Obama se dio cuenta que estaba equivocado y siguió la misma línea política que la administración anterior? ¿Maduró el actual Comandante en Jefe y está dispuesto a dar batalla a los sanguinarios terroristas, o cometerá el mismo error que Clinton?

Las respuestas a estas preguntas no se obtienen observando al Medio Oriente, ni a la operación que terminó con Bin Laden. Al Qaeda ya estaba debilitada cuando Obama asume su presidencia, y cualquier éxito que se diera en su mandato fue servido en bandeja al actual presidente. Hoy, la política americana encuentra una amenaza mucho mayor, y nuevamente, en su propio territorio. El narcotráfico, asociado con las redes terroristas islámicas, operan en la frontera México- EEUU. En territorio estadounidense, se cometen asesinatos, secuestros y las grandes ciudades van convirtiéndose de a poco en un polvorín.

La actitud de Obama ante este conflicto fue la desidia y la defensa a ultranza de aquellos que rompen todos los esquemas legales. Como Clinton, Obama se lava las manos a la hora de enfrentar la amenaza más grande que enfrenta su país en este momento. La negligencia de Clinton, hizo que los americanos tengan que lamentar 3000 muertes; la incompetencia de Obama, y su cretinismo de usar el conflicto fronterizo para ganar votos, podrían costar mucho más caro; tan caro, que no sólo la prosperidad de este país se vería amenazada, sino su más anhelado tesoro, la libertad.

Virginia Tuckey