viernes, 14 de noviembre de 2014

La enfermedad argentina


La libertad es nada más, y nada menos, que el resultado del respeto irrestricto al orden natural. Es la aceptación de que ese orden es inalterable, y que de él devienen los únicos derechos que deben ser protegidos, los derechos inalienables (la vida, la libertad y la autonomía de cada ser humano).

Cuando este concepto es alterado o ignorado, los verdaderos derechos son cedidos en pos de falsos derechos. Se ceden la vida, la libertad y la búsqueda de la propia felicidad. Los administradores de nuestros derechos pasan a ser los burócratas de turno, quienes enquistados en el poder, generan una red cada vez más grande de cómplices, a quienes llaman asesores, ministros, funcionarios, etc.

En pocas palabras, la alteración del concepto de derecho, es una amputación de las características más humanas. Esto, a su vez, genera en el ser humano una serie de comportamientos propios de quienes luchan por sobrevivir en un ámbito dónde la vida no tiene valor. La desconfianza, el engaño, la mentira, la ignorancia pasan a ser protagonistas en la lucha por la supervivencia.

El caso de la sociedad argentina forma parte de esta descripción. Las excepciones a la regla existen, pero son cada vez menos. Una de las tantas muestras que avalan esta conclusión se pudo ver en la marcha denominada “13 N”, dónde ciudadanos convocados, principalmente, por medio de las redes sociales, han decidido manifestar su preocupación frente al atropello diario que se sufre desde los poderes gubernamentales.

El análisis posterior a la protesta se enfocó en la cantidad de manifestantes. El punto de comparación para determinar lo “mucho” o “poco” de la convocatoria, fueron marchas anteriores. Esta, ciertamente, no fue la que más ha convocado. Según se estima, en total, sumando los diferentes puntos de encuentro de los manifestantes, habrían asistido alrededor de cincuenta mil personas.

Lo llamativo del empeño por descalificar a la convocatoria a la manifestación no fue la descalificación en sí misma, sino quienes la han emitido.

Es propio de regímenes opresores poseer medios que trabajan como voceros, y que tienen como línea fundamental, la desacreditación constante a quienes levanten la voz para defenderse de la opresión. Esto no es novedad alguna.

Sin embargo, esta vez, no sólo en quienes operan y trabajan de oficialistas se ha visto el espíritu destructor, sino también en muchos grupos e individuos que forman parte de la corriente ciudadana opositora al régimen.

Los celos, los insultos, la descalificación y la chicana estuvieron a la orden del día. La búsqueda del culpable del “fracaso”, y cierto grado de satisfacción casi inocultable ante la supuesta “poca” participación en la marcha, formaron parte del debate posterior al “13N”.

Estos personajes se han aliado inconscientemente a su mayor destructor y han inaugurado la etapa del suicidio final de la sociedad. Consideran el número de manifestantes lo importante, cuando lo realmente importante es el mensaje. Son esos que, con palabras propias de la épica, reclaman en sus redes sociales que “nadie hace nada”, pero se enceguecen de  resquemor cuando alguien si lo hace. Son quienes exigen respeto a través del insulto. Son quienes acusan de cómplice a aquel que con lo único que tuvo (una fibra, una cartulina y sus músculos) marchó con un cartel en sus manos pidiendo respeto a la Constitución, mientras ellos vociferan slogans que siguen engordando la chances de los aspirantes a dictadores.  Son quienes piden sumar, pero restan.

Esto, no es producto de las malas intenciones, esto es producto de la gran enfermedad que acosa a las sociedades que se han olvidado de pensar, y han delegado su intelectualidad, su vida, el respeto a sí mismos y a los demás, a parásitos rentados.

El estilo chicanero, envidioso, destructivo para enfrentar cuestiones menores entre quienes debieran ser aliados frente a los temas mayores, acuciantes e indelegables; es propio de una sociedad que se disoció, que se quebró, que se mimetizó con el espíritu anti humano del socialismo.

La enfermedad argentina no tiene que ver con los límites geográficos, ni con la herencia sanguínea, tiene que ver con los síntomas propios de este sistema populista que desconoce la naturaleza humana, y que por lo tanto, la socava y destruye, transformándola en falta de  intelectualidad, falta de conciencia ante el peligro y  falta de respeto.

Muchos dirán que se trata de cansancio moral. Esto es mucho más. Es mucho peor. Es la desaparición de la principal brújula que guía hacia el progreso,  los parámetros morales;  y es imposible cansarse de lo que no se posee. Es agotamiento de quienes quieren el mal, pero también de quienes quieren el bien. Es cansancio de aquellos que dicen saberlo todo, pero también de quienes si lo saben. Es la fatiga de la tiranía, pero también de la república. Es la pretensión de sabiduría exaltando la ignorancia. Es la falta de distinción entre la buena y la mala fe. Es buscar sobrevivir comportándose como un suicida.

La crítica y el debate son la base de una sociedad sana, incluso el conflicto; pero hay distinciones que dividen las características de la discusión en comunidades con y sin libertad.

Es propio de una sociedad libre debatir las ideas, y es propio del fascismo debatir a las personas. Es propio de las sociedades libres exigir coherencia, es propio del fundamentalismo totalitario exigir infalibilidad a los seres humanos.  Es propio de la libertad una ciudadanía de adultos, es propio de los totalitarismos una masa de adolescentes de todas las edades.


La chicana no es una idea, es sólo eso, una chicana. Los celos no son una declaración de principios, son sólo eso, celos. Cincuenta mil personas, son sólo eso, un grupo de personas. El reclamo por la falta de libertad, la corrupción incesante y la desaparición del respeto a la Constitución, es eso, un reclamo; pero un reclamo de verdades, que no dejan de ser verídicas porque quienes las reclamen sean cincuenta mil, dos mil o absolutamente nadie. Y el valor, es sólo eso, valor, pero es lo que se necesita para construir, para decir las verdades y para resistir. 

Virginia Tuckey.-

viernes, 7 de noviembre de 2014

El EEUU postelectoral y la gran oportunidad del Partido Republicano

Las elecciones de medio término celebradas en Estados Unidos el pasado 4 de noviembre han sido de una contundencia incuestionable a favor del Partido Republicano.

El control en la Cámara de Representantes no estaba en duda, sin embargo, no se preveía que los republicanos iban a lograr un récord de recuperación de bancas (como no se veía hace casi cien años).
 En el caso del Senado, se han recuperado siete bancas (sólo se necesitaban seis para obtener mayoría)  y aún hay tres (Virginia, Alaska y Georgia)  a ser definidas próximamente.

Finalmente, lo más sorprendente, fue el caso de las gobernaciones, dónde todo indicaba que los demócratas iban a correr con cierta ventaja. No obstante, los republicanos tomaron el control en la mayoría de los Estados.

Sin dudas, el sistema de pesos y contrapesos que definen a una República, sigue en pie en el país del norte. Sin embargo, es este sistema, el republicano federal, el que está en juego. Hoy, más que nunca.
La etapa postelectoral nos presenta varios escenarios y abre varios interrogantes.

Lo primero a tener en cuenta es la etapa del “pato rengo”, tal y como se conoce en la jerga de la ciencia política, al tramo final que atraviesan funcionarios públicos electos. Los próximos dos meses no serán desperdiciados por aquellos que han sido reemplazados en su cargo. Harry Reid, líder de la mayoría demócrata en el Senado, ya planea su estrategia de seguir promoviendo más gasto y programas deficitarios enemigos de la propiedad privada, disfrazados de “ecológicos”.

A más largo plazo, se presenta la cuestión de cómo lidiar con un Presidente que afirma que “no va a esperar a que se legisle”, porque él tiene “una lapicera y un teléfono” que va a “usar para firmar decretos que provean a los americanos la ayuda que necesitan”. La ayuda que necesitan según Obama, su teléfono y su lapicera; y nadie más, ni siquiera aquellos que van a ser “ayudados”.

Para poder atravesar estos dos años, los republicanos electos deberán responder el primer gran interrogante de esta elección: ¿Qué pesó más? ¿El fracaso de la administración Obama o el liderazgo republicano en la defensa de los principios fundacionales?

La respuesta más contundente es que se votó en contra de Obama. También hay mérito del lado republicano, pero el mismo viene de sus bases, quienes se mantienen cautelosos ante el establishment del partido conservador, advirtiéndoles que no los sentaron en el Congreso para ser moderados frente a la destrucción de los principios que han forjado la federación americana, sino todo lo contrario. Exigen, hoy más que nunca, contundencia, claridad y honestidad intelectual para poder erigirse frente al gigante de la demagogia que ha invadido la Casa Blanca estos últimos años.

Los grandes temas que deberán enfrentar son: el debate sobre la eliminación (total o parcial) del seguro de salud “Obamacare”, la apertura para la construcción del oleoducto “Pipeline XL”, la inmigración ilegal y, el gasto y  estrategia con respecto al terrorismo que hoy  se ve vigorizado frente a un Estados Unidos ausente y falto de liderazgo.

Aunque el Presidente, en su discurso postelectoral,  dijo en tono firme “los escucho”; no tardó en dejar claro que, aunque su plan de salud (“Obamacare”) ha tenido siempre un piso de desaprobación del 60%, él no va a firmar absolutamente nada que postergue sus planes de llevar adelante la extinción de esta ley. Los escucho, pero los veto; mensaje claro y contundente del demócrata.

La obstinación de Obama en defender su agenda no va a cesar, pero va a encontrar, esta vez, detractores dentro de su propio partido. Las internas han comenzado hace meses, pero se avecinan tiempos de un total desapego de Obama, para brindar protección a la mimada demócrata del momento, Hillary Clinton.

El escenario político es inmejorable para el Partido Republicano. Una vez más, el pueblo americano les ha delegado la gran responsabilidad de ser los vigilantes de la República ante el caos causado, una vez más, por el socialismo demócrata (valga la redundancia entre caos y socialismo).


Las legislativas 2014 han dejado en claro que los americanos no quieren las políticas de Obama, no quieren un Estados Unidos tercermundista. Los republicanos que han sido puestos a cargo, tienen la gran responsabilidad de llegar a la Casa Blanca en 2016; y esto requerirá tener en cuenta aquel pensamiento de Goldwater que afirma “que a la hora de defender la libertad, la moderación no es ninguna virtud”.

Virginia Tuckey.-

martes, 4 de noviembre de 2014

Elecciones 2014: La desazón de Obama y la esperanza republicana


En el año 1845, el Congreso de los Estados Unidos decide que debía designarse un día para que los americanos pudieran votar. Quienes debían llevar a cabo esta decisión tuvieron que tener en cuenta varios factores. El primero era el viaje, en carreta o caballo; y el tiempo que el mismo llevaría. Se calcularon dos días, uno de ida y otro de regreso. A esto había que sumar tres días de culto y el día del mercado, que se llevaba a cabo los miércoles.

Ante este panorama, la única opción disponible resultó ser un día martes. Es por esto que las elecciones presidenciales y de medio término se llevan a cabo el martes siguiente al primer lunes de noviembre, una vez, cada cuatro y dos años, respectivamente.

Hoy, de 4 noviembre de  2014, se renuevan la totalidad de las 435 bancas de la Casa de Representantes y 36 de las 100 bancas del Senado.

La mayoría de la Cámara Baja se encuentra en manos del Partido Republicano y con chances de aumentar el número a su favor. La verdadera disputa se da en el Senado, dónde el control está dado por el Partido Demócrata. Los republicanos necesitan ganar seis bancas para lograr dominio de las dos Cámaras que conforman el Congreso americano.

La ansiedad se ha apoderado tanto de republicanos como demócratas, de los primeros por no querer cantar victoria antes de tiempo; y los segundos, por el panorama negativo que presentan las encuestas.

Algunos encuestadores dan una victoria amplia a los republicanos, otros ajustada. Sin embargo, el resultado definitivo lo darán las urnas; ya que en los Estados que van a definir el control de la Cámara Alta, los candidatos de ambos partidos se encuentran con pocos puntos de diferencia unos de otros.

También existe la posibilidad de que las elecciones no se definan hoy mismo, ya que estados como Georgia y Lousiana exigen un desempate (segunda vuelta) en caso que nadie alcance el 50% de los votos.

Cualquiera sea el resultado, el escenario se presenta adverso al Presidente Obama, quién viene descendiendo abruptamente en las encuestas. Los miembros de su partido evitan mostrarse con él, y la campaña presidencial de los posibles candidatos demócratas viene dada por la diferenciación con el actual presidente norteamericano. Esta tendencia de alejamiento se verá incrementada una vez que las elecciones de noviembre hayan concluido.

Los principales puntos que movilizan la discusión del electorado americano son la economía, el sistema de salud, la seguridad interna (ébola, inmigración) y externa (terrorismo). En todos los puntos, según encuestas, el electorado americano ve más capacitado a los republicanos que a los demócratas para poder llevar a cabo políticas que puedan lidiar con las amenazas y problemas que aquejan al país del norte.

Con respecto a los republicanos, hoy están frente a una gran oportunidad, con un panorama de inmejorables condiciones para lograr un triunfo contundente. El resultado no sólo dependerá del fracaso que ha resultado Obama como líder del mundo libre, sino también con la postura y firmeza de los republicanos, quienes en más de una oportunidad, han tratado con demasiada liviandad temas de suma importancia.

Hoy, cambia el contexto político de Estados Unidos, y esto impactará en el mundo entero. La federación y república más antigua del mundo, una vez más, demuestra lo maravillosa que es la verdadera política devenida de un sistema libre, dónde la última palabra no está dada por una asociación política o sus líderes, sino por los ciudadanos de la gran América.



Virginia Tuckey.-